Su nombre bajo el torrente

domingo, 23 de abril de 2017

Participación para la Antología "Bestiario"


Las cosas ahora eran diferentes. Durante las noches, no se quedaba rodeado de oscuridad y quietud, poderoso entre las aguas, deslizándose en la penumbra. Las luces ahora estaban en todas partes. Los ojos miraban desde muchos lugares. Aún se acercaban al río y su comida acumulaba huesos en la profundidad, pero no era lo mismo.

¿Cuál era su nombre? 

«Mi nombre, mi nombre…», pensó él. Sus pezuñas retumbaron contra las rocas mojadas del río, anormales, invertidas. Le hubiera gustado echarse a correr y no regresar jamás a los confines del agua, avanzar por aguas verdes y gritar, gritar con la tormenta, bajo el sol de invierno, junto a las briznas sin tiempo. 

Cuando llovía y nadie se acercaba al río, le gustaba sentarse en la orilla con sus pies tontos de humano y recolectar palabras. No necesitaba escribirlas como sus víctimas, siempre atadas a los confines de caracteres apretados y difusos. Las capturaba de sus bocas y de los susurros que escuchaba durante las mañanas y las dejaba en el fondo del río, junto a los huesos.

Sus preferidas eran las que recolectaba mientras masticaba la carne fresca y arrancaba trozos jugosos y tiernos de los huesos débiles. Y también las que no entendía. 

Frío.

Calor.

Tiempo.

Soledad.

Al principio solo era hambre. Su magia era fuerte y antigua, y terminaba en la orilla harto y exhausto. Nunca recordaba los gritos, que duraban apenas un segundo, ni las burbujas y remolinos que se formaban en el agua cuando las presas se debatían hasta quedar como masas flotantes y dóciles para sus dientes. Existir siempre fue fácil. Despertar, aguardar junto al quieto rumor del río y del bosque, notar las entrañas despertando con el sonido de la comida que se acerca. Ser un muchacho, una mujer, un caballo negro. Ser lo que quisieran y luego comer hasta saciarse y volver a la oscuridad.

Luego empezó a recolectar sus palabras. Las últimas, una retahíla inconexa de gritos y de aire desperdiciado, de monosílabos y rezos que no tenían sentido, arrancadas de sus gargantas por el frío del agua. Las primeras, siempre susurros perdidos en la espesura que lo hacían volver la vista, palabras frágiles, ingenuas, completamente perdidas y nuevas. Siempre le gustó una que aparecía en la mitad de la cacería. «Monstruo». La forma en que se unían esas tres consonantes y creaban un siseo seco, como un látigo. Aprendió a reírse con esa palabra. Monstruo. Monstruo. Ese era uno de sus nombres.

La bestia volvió a hacer tronar sus pezuñas, pero en la oscuridad nadie podía escucharlo. Allí no había nadie. «Tiempo». Era una de sus palabras tontas preferidas. No tenía sentido el tiempo para él. Contaba las eras en estaciones, en inviernos y veranos. Contaba las palabras y cómo cambiaban a través de las estaciones. Contaba las lluvias, porque creaban un torrente en el río y podía deslizarse por él con un grito que solo se escuchaba como el agua. Pero el tiempo pasaba para las criaturas que vivían fuera del río. Los animales nacían y morían y contemplaba esos ciclos con una vieja indiferencia, casi natural. 

Pero más allá del río las cosas cambiaron. El verde se transformó en gris y el cielo se oscureció y se cubrió de humo. En la noche ahora había demasiadas luces. Alrededor, de pronto, había ruido y apenas alcanzaba a escuchar los animales. Aprendió palabras nuevas. 

Trabajo.

Obrero.

Fábrica.

«¿Y mi nombre?». Había tenido muchos, pero ninguno era real. El muchacho pescador que se acercó a sus aguas con los pies descalzos y un morral viejo tenía un nombre. No era «humano» ni «presa». Era un nombre suyo, aunque se le hubiera olvidado. ¿Cuál era su nombre? ¿Alguien lo sabía? 

Había intentado preguntarlo algunas veces. Después de muchas estaciones y palabras, a veces simplemente se sentaba en una roca y hablaba con sus presas. Con los humanos. Sus palabras cambiaban siempre, así que aprendía nuevas. A veces era una mujer hermosa y alcanzaba a respirar el aliento cálido de los hombres, con sabor a tierra y ciudad. A veces era un joven esbelto, de sonrisa inocente, con el cabello largo mojado y ojos tristes, y notaba por instantes el latido fuerte de un corazón, el anhelo en el aire de sus suspiros. A veces era un muchachito perdido y travieso que hacía retumbar la risa de los viajeros en el bosque. A veces era solo él, el caballo negro y solo veía los ojos ennegrecidos de sus víctimas, sin aliento, antes de notar el toque tembloroso de sus dedos sobre su cuerpo, el peso sobre su lomo y las piernas frágiles rozándole el costado. Había sido todo eso. Y siempre terminaba igual.

Sabía que su magia los llamaba, aunque no lo supieran. Nunca pasaban las estaciones sin que los huesos se acumularan en la profundidad. Siempre llegaban. Siempre venían. Y aunque se sentara a conversar bajo el sol de la primavera y notara el calor en sus ojos, siempre terminaba del mismo modo. Los gritos eran algo que no cambiaba con las eras.

Tristeza. Esa era una palabra que a veces saboreaba durante las mañanas de otoño. ¿Qué era tristeza? ¿Qué era llorar? A veces hacía esas preguntas, pero nunca le daban una respuesta. Y a veces decía que por eso los desgarraba en el río y no dejaba más que fósiles rotos. Qué tan difícil era poder responder. Eso sí podía entenderlo. Rabia. Furia. Cólera. La furia era la naturaleza. Y él era torrente y era río y era bosque y era piedra. Destrozaba, destrozaba. 

«Frágiles, frágiles, frágiles. Mío, mío, mío», gruñía en el agua y la sangre era jugosa y fría y salada. Luego se quedaba de nuevo en silencio. Las entrañas sobrantes, piel muerta e inservible flotaba y corría río abajo hasta perderse. El monstruo se quedaba de nuevo solo. Solo con huesos y con palabras. «¿Cuál es mi nombre?». En la noche, ahora había demasiadas luces. Luces que eran puntitos amarillos en las colinas, como pequeñas luciérnagas inmóviles, esparcidas como un puñado de ojos brillantes. 

Aburrido, el caballo negro pisó con pies humanos la piedra fría y se sentó en el suelo mojado. Podía quedarse allí siempre, lejos de todo, oculto y en secreto, protegido por el río. No necesitaba presas ni palabras. Necesitar. Era una palabra tonta, frágil. Podía ser señor del silencio y del bosque y escuchar las estaciones transformarse y fluir bajo su mirada. Las cosas ahora eran distintas. Nadie sabía quién era ni le temía, nadie conocía su edad ni entendía el rincón verde de los árboles. Ahora todo era ruido y momento. Ahora no tenían miedo. No necesitaba sus palabras ni sus miradas. 

Pero sabía que volvería a llamarlos igual. No por hambre. No por furia. Él era río y era eterno. 

Pero el monstruo estaba solo. Monstruo. Monstruo. Ese era uno de sus nombres.

Así que los llamó de nuevo en la oscuridad y esperó. 

Quizás alguno, antes de convertirse en grito y en agua, le dijera su nombre.

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